miércoles, 6 de julio de 2011

TRIPLE FRONTERA DE LA AMAZONIA

Tabatinga está 1200 kilómetros arriba de Manaos y ahí llegan todos los barcos brasileños. Colombia está una cuadra más allá, mientras para Perú hay que cruzarse de orilla. El Amazonas corre indiferente a las fronteras nacionales, la tala es un poco màs pronunciada en Brasil que en los otros países, pero es fea en los tres. Los restaurantes ofrecen comida peruana, se toma buen café en la orilla colombiana, se come piraricú en las tres, arepas en Leticia, chagua en Iquitos y fariña en Tabatinga y en las comunidades indígenas multiétnicas de Colombia. La gente, toda, sabe de pequeños contrabandos: la gasolina es más barata en Perú, el gas en Brasil y todo lo demás en Colombia. Historias de narco no son las del común, aunque es obvio que son reales; se parecen a las compras de ranchos por parte de los brasileños en territorio colombiano: cosas de ricos. En los cuentos populares, es más frecuente la referencia a la represión o a la corrupción de las policías. Las autoridades más cabronas son las peruanas, asesinos y descuidados, aunque en Colombia los militares son peligrosos por sus vínculos con los paramilitares; los "buenos" son los brasileños, no entendemos si por corruptos o a pesar de que sean corruptos y muy duros.
Los pueblos amazónicos antiguos son como el río, poco les importan las fronteras. De Leticia, a 3 kilómetros, a 6 kilómetros, a 11 kilómetros y a 19 kilómetros de la carretera rumbo a Tarapacá (que ahí se interrumpe aunque falte 175 kilómetros para llegar en burro, canoa y a pie), se han asentado en aldeas pluriétnicas huitotos, takamas, macuna, cuveos, barasarios, piratatuyos, tatuyos, yahumas, bora, picó, tucanos, emamazá, yucuna, tanimuca, letuamos, matapí, miraña, carihonas, andoques, muinamis y otros, que vienen de cerca o de ríos muy distantes.
Estas comunidades multiétnicas fueron fruto de una donación mezclada con la tramitación legal ante las autoridades para legalizarla de un personaje local, mezcla de empresario, pirata, contrabandista y hombre de buen corazón. Tienen parcelas que no pueden ser arrebatadas, escuelas, centros de salud y congregan a los hombres en la construcción de los servicios en común. A sus alrededores, algunos paracas o dirigentes tradicionales presiden cada una casa grande o maloca, donde presiden las reuiniones de ancianas y ancianos y reparten conocimientos. Algunos huitotos permiten visitas, sea para verdaderas representaciones de sus fiestas y costumbres para los turistas, sea para estar y, con suerte, escuchar historias, ver preparar remedios de plantas distintas, presenciar conversaciones entre ancianas. Los takamas permiten que se transite por su territorio y el paraca de la maloca macuna, Gustavo, un hombre mayor muy atravesado por la falsa fama que le da atender  a turistas que le sacan y publican fotos (y cobrarles en pesos sonantes, por supuesto) nos cuentas la historia del cielo, la tierra y el agua que rigen la vida de cada ser vivo y pueden interpretarse gracias a que Yuruparí, el ser supremo, ha dado a los takama el capí, la coca y el tabaco  para que el mazá, o gente que narra, la conozca tan bien como para contarla a todas y todos.
Pedro es huitoto y nos ha adoptado desde que llegamos a la aldea. Caminar con él es tomar un curso de sobrevivencia en la selva amazónica. Nos muestra qué es remedio, desde pequeños bichos que comen hojas gigantes y aplastados le quitan la comezón a los enfermos de psoriasis, hasta frutas para el riñón, aceites para las quemaduras, hojas, semillas, cortezas. Nos da a probar frutas saladas y dulces.
Hay algo colombiano, es decir deliciosamente hospitalario, hasta en estos pueblos que no aceptan fronteras nacionales. Algo indefinible, por supuesto, pero que se transforma en facilidad de comunicación, en ofrecimientos inesperados. No sé por qué, pero es un hecho que más allá de la obvia influencia que sobre los pueblos indígenas tiene el trato con las autoridades por el tipo de leyes vigentes en el país, hay algo más que fluye de los pueblos indígenas al mestizo y viceversa.
Doña Emerenciana es takama y ama cultivar, se siente libre cuando cuenta con una tierra donde sembrar y de cuyos frutos vivir sin depender de nadie. Tiene tres hijas y dos hijos, los visita y apoya por largos periodos, pero no le gusta vivir a expensas de ninguno de ellos.
No es difícil descubrir que Helena y yo amamos Colombia a pesar de saberle todos sus horrores. Nos sentimos a gusto aquí, aunque no pare de llover, los líquenes pronto me saldrán de la nariz o los oídos, mientras la piel de tan húmeda adquiere una tonalidad verde, los hongos de los pies se vuelven comestibles y los pelos de los tobillos raíces. Mi transformación es tan disgustosa como mágica: el Amazonas y yo somos una única cosa y escribo de día y de noche, con un lápiz porque la luz eléctrica se va tres de cada cuatro días, en Leticia el internet es cosa de suerte (muy escasa, por cierto).
Es algo de piel, no de razón. Media una cuadra, no una región. Qué le vamos a hacer, Colombia es el único país donde a una señora se le ofrece prepararte un jugo de fruta así nomás, porque le caíste bien. Nunca va a permitir que se lo pagues, ella te lo ofreció y no espera que mañana vuelvas: ahora es el momento.
La lluvia del Amazonas es la mima lluvia, torrencial, improvisa; te quita la vista y te detiene donde estés; los buses son todos un poco destartalados y las motos reinan con sus jinetes que invaden las calles como en una estampida de búfalos motorizados. Es muy imporante tener un buen impermeable. Descansamos las lluvias en hamacas y comemos casabe. Sí, el mismo casabe que entre los Garífuna: los Caribe, como todos los arawaks, fueron un pueblo amazónico en sus orígenes. Luego el camino nos espera más fresco y por todos lados nos asaltan mariposas.
Son 108 los pueblos amazónicos que manifiestan su rechazo a la tala y la desaparición del hábitat en que sus culturas se reproducen garantizando la continuidad de la vida. Pero a mí nunca me había pasado de trabajar con pueblos que en su totalidad no pasan de treinta, cien, dos cientas personas a lo máximo. Sus dioses, sus costumbres, sus sistemas numéricos, sus sistemas de sexo-género son diferentes, reducidos. Son sus rezos los que mantienen el equilibrio del mundo, su magia la que reproduce la vida, su fuerza la que hace que el agua siga corriendo y son tan pocos.
Cuando vamos a remar por el Takana, un afluente del Amazonas que corre por una selva muy tupida donde los micos (monos aquí son los gûeros o cheles, a los simios se les dice micos) me gusta ver a Helena en el frente de la canoa sacando fotos. Es bella ahí herguida, está enamorada de la imagen de una flor, del movimiento rítmico de un tronco acunado por la correntada. En ocasiones le pregunto por qué no fotografea a la gente. Me ha sorprendido y gustado su respuesta: No sé si puedo, no sé si me gustaría que me fotografiaran mientras como, rezo o canto. ¿Por qué debería hacerlo yo con otras personas, entonces?

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